domingo, 24 de marzo de 2013

CAPÍTULO DÉCIMO, Los recuerdos de Samuel:


X: Edgar me lee un cuento J

         -Te leeré cuatro páginas, lo demás quiero que lo leas tú cuando yo no esté delante ¿vale?
         -Como quieras, empieza por favor.
         -Bueno, leo:
Julia, de Edgar González Blasco
A alguna gente, le cuesta respirar, se ponen muy nerviosos, y no hay nada que les pueda hacer calmar, se lo guardan, lo ocultan, solucionan sus problemas solos, aunque necesiten ayuda, se callan. Yo, Samuel, soy uno de esos, siempre me guardo los problemas, no quiero que nadie se preocupe, y creo, que nadie se preocuparía, soy invisible, vivo bajo la sombra de mi temor, hablar, me cuesta comunicarme, no tengo amigos, soy feo, listo, y pocas veces me entero de lo que dice la gente, una combinación perfecta de, como nos llaman, los ‘pardillos’, es muy duro el instituto sin amigos, mi única amiga es Julia.

-Hola Julia, hoy he tenido un día horroroso, tienes que venir un día a la escuela, es muy divertida, pero sin ti, no lo es, la gente no me cree al decir que existes, me piden que te saque una foto, creen que es imposible que existas, pero tranquila, yo ya les he dicho que tu no quieres que te vean, no te entiendo, creo que tu también tienes problemas de comunicación, porqué no hablas, te escondes en tu manta invisible y…
La madre de Samuel entró por la puerta extrañada, Samuel dejó de hablar con su amiga Julia porque su madre, Cintia iba a tender la ropa.
-¿Con quién hablabas?
-¿Yo?, con nadie.
-Te he oído, ¿qué hablabas con tu amiga invisible Julia?
-Es invisible para ti, como yo lo soy para el resto del mundo, pero, mamá, Julia existe, y es muy guapa, más guapa que tu. ¡Julia no es invisible! ¡¿Vale?!
Su madre le miró extrañada, de nuevo, como siempre lo hacía. Cogió la ropa y las pinzas y se fue de su habitación preocupada por su fealdad.
A Cintia, no le gustaba nada como era su hijo, hubo una ocasión en que casi le vende, pero se echó atrás, para ella, su hijo no es ‘perfecto’, pasa de él, como si no existiera, Samuel y Julia no existen para el resto del mundo.
-Julia, ¿te apetece que vallamos al parque?
Samuel se imaginó que alguien le decía que si, hizo como que cogía la mano a alguien, y sin preguntar se fue al parque. A la madre, no le importó, para ella, como si se muere, puede llegar a casa a la hora que quiera, no le importa que le asesinen, pues vive en una ciudad muy grande, según dice, es adoptado.
Cuando Samuel bajó las escaleras de su casa, salió a fuera, pasó unas cuantas calles y llegó al parque. Allí se encontró a los ‘populares’ de su colegio, que, como era de esperar, le dijeron unos cuantos insultos.
-Aquí ha llegado el pardillo, ¿vienes con tu  amiga Julia?
Él, en vez de devolver el insulto, hizo como si no existieran y se fue a la parte de los columpios. En uno se sentó Samuel, y en el otro Julia.
El jefe del grupo, Héctor, fue a fastidiarlo. Cuando llegó a la parte de los columpios, se sentó en el columpio donde, supuestamente, estaba sentada Julia, al sentarse, Samuel pego un grito:
-¡¿Qué has hecho?!-dijo llorando, haciendo como que cogía un cuerpo del suelo-¡LE HAS HECHO DAÑO!
Tras decir estas palabras le empujó y le dio muchos puñetazos hasta que unas madres le separaron diciendo frases como: ‘Que barbaridad’, ‘El niño feo ataca’ y otras muy por el estilo.
Samuel cogió a Julia y la curó con una poción mágica, se fue a casa, sabía que no era bueno andar por ahí, todos le odiaban, era el niño feo.
Cuando llegó a casa fue a la habitación y la cerró con un portazo. Su madre, después de abrirla de nuevo, le dio una torta muy grande y le dijo:
-¡¿Por qué le has tenido que pegar?! Son la familia más rica, ahora nunca nos darán nada.
Después de esas palabras se fue, cerrando con otro portazo.
Samuel se puso a llorar arto de su vida, porque aunque su madre le tratara mal, el la quería, y mucho, era demasiado bueno como para no querer a su madre, él pensaba que ella también le quería porque es su madre, pero no era así, la madre ya no aguantaba más, necesitaba deshacerse de él.
Esa misma noche fue a hablar con su marido:
-Cariño, ¿podemos hablar?

         -Si, claro, dime.
-Ya no quiero que…
-Dime, ¿el que no quieres ya?
-Samuel.
-¡¿Qué?! Anda deja de decir tonterías, vamos a dormir.
-No son tonterías, ya no le quiero, he pensado en dejarle en un orfanato, es muy fácil, solo tenemos que firmar unos papeles y ya no será nuestro hijo, solo son unos papeles.
En ese momento se oyeron llantos, Samuel gritaba, arto de todo, en ese momento, se dio cuenta de que nadie le quería, su madre, su propia madre estaba decidiendo deshacerse de el, y lo que peor le pareció es que lo decía tan tranquila, le daban ganas de morir, se pegaba puñetazos, mirándose al espejo repitiendo: ‘No sirvo para nada, nadie me quiere’. Se dio una torta, y decidió seguir escuchando la conversación.
-¡De ninguna manera! ¡Es nuestro hijo! No le pienso abandonar, mira, que vas a cambiar a tu hijo por cotilleos, es alucinante.
<<Mi padre me quiere-pensó él con una sonrisa gigante>>
-Pues debes elegir, tu hijo, o tu mujer.
Samuel decidió no escuchar más de la conversación, se imaginaba la respuesta, estaba claro, iba a acabar en un orfanato, y con suerte, en una casa, pero es difícil que alguien adopte a un niño feo, ya no le quedaba nada, no sabía que hacer, por unos momentos se le ocurrió la idea de suicidarse con Julia, pero, según afirmaba, Julia no quería suicidarse.

-¡Se acabó el tiempo Samuel, venga que te acompaño a tú habitación! –gritó Eduardo haciéndose el enfadado.
-Ten, léete el final, te lo regalo.
-Gracias, de momento me encanta.
Salgo de la habitación con el corazón en un puño, ay que ver que bien escribe, aunque de un poco de pena, me encanta.
Eduardo me acompaña a mi habitación y me encierro sin ninguna duda de que me gustan las chicas, y Edgar, ningún chico más, pero Edgar si me gusta, y mucho, es fantástico, y no me da ningún miedo decirlo.

CAPÍTULO NOVENO, Los recuerdos de Samuel:


IX: reunidos en su habitación, ¿cómo se lo digo?

Esperando… esperando… esperando… ¡Que ganas de que sea la hora de comer! Para que nos entretuviéramos nos han llevado a un parque de ese centro pero no me sirvió de nada… Edgar no estaba… Luego he visto un poco la televisión y cada dos por tres creía oír la voz de Edgar y por lo tanto… me asomaba al pasillo… Los minutos aquí pasan de despacio como las babosas a las que tanto nombro para no decir palabras mal sonantes (desde que no se quienes me gustan estoy más fino…)
Alguien llama a la puerta y oigo alegremente de una vez por todas:
         -¡A comer!
         -Vale Eduardo.
         Al saber que era Eduardo una sonrisa lucí en mi cara… que feliz estoy porque ya no me valla a tratar como a un trozo de carne.
         Me cambio de ropa, me pongo colonia y todo y salgo de mi habitación o de mi celda, como quiera ser. Voy a averiguar si Edgar me gusta, se lo voy a preguntar, haber que dice.
         Entro por la puerta del comedor y veo a Edgar con una mano encima del sitio de su lado. Al verme me saluda y me dice que venga con unos gestos un tanto raros. Voy. Me siento. No se lo voy a preguntar ahora, después, en ordenadores claro, para preguntas: No, no me da ninguna vergüenza, siempre fui muy liberal para expresar mis sentimientos, pero como es un chico igual me cuesta más, pero, lo haré, como que me llamo Samuel y como que el que creo que me gusta se llama Edgar y como… bueno… voy a hablar con él.
         -Hola guapo.
         ¿Qué digo? Hay madre.
         -¿Qué?
         -Nada, que hola Edgar.
         Me siento con la cara roja a su lado y él empieza una conversación conmigo.
         -¿No has dicho guapo?
         Me río mucho tiempo para pensar alguna excusa y luego le digo humildemente:
         -Ah… si, pero es que entre mis amigos siempre lo decimos de broma, odiamos a los maricones… y por reírnos de ellos… la costumbre… lo siento.
         Se ríe aliviado. Mierda… no es gay, bueno, se lo preguntaré igual, si total, no tengo nada que perder.
         -Oye, para la cena ¿quién guarda sitio?
         -¡Edgar, cállate! –dice… ¿quién iba a ser? ¡GERMÁN! AJ… CUANTO LE ODIO.
         Cuando pasa le digo susurrando y sin mirarle para que no se note que le estoy hablando:
         -Tú, ¿vale? Es que yo no soy muy bueno guardando sitios…  a la primera que me preguntan: ¿me puedo sentar? Les dejo sentarse.
         -¡Samuel, acuérdate de lo que te dije, como te vuelva a ver hablando aplico la normativa! –me advierte Germán descubriendo de que he hablado.
         -Hablamos después en ordenadores –me avisa Edgar para que no me quede sin ver a mis padres el día de mi cumpleaños.
         Le asentí y comí con rapidez para poder hablar con él.
         Cuando nos sirvieron el postre uno de los psicólogos dio unos cuantos golpes al suelo con su pie enorme y gritó a más no poder siguiendo dando golpes:
         -Cuando acabéis el postre tenéis tres opciones: la primera es ir a vuestras habitaciones y dormir o ver la televisión o hacer lo que os plazca, la segunda es ir a la sala de ordenadores, recordar, las redes sociales están prohibidas menos Youtube, y la tercera, y desde ahora la nueva y exclusiva, es reuniros en grupos de dos en vuestras habitaciones y hacer lo que os plazca, pero tendréis que aguantar una hora entera en la habitación, no queremos ver a gente andando por los pasillos, así que ya sabéis, ¡DISCIPLINA! Podéis seguir comiendo.
         Una gran alegría me invade el cuerpo… podremos estar a solas.
         -Iremos a mi habitación, ¿vale?
         Le asiento y acabo el postre rápidamente. Al terminar, salgo del comedor y espero a Edgar en la puerta.
         -Ya estoy –dice Edgar saliendo del comedor, con trozos del postre en la boca.
         -Vale, ¿vamos a tu habitación?
         -Si, si, es por aquí, sígueme.
         Le seguí por los pasillos, pasamos por mi habitación y yo le dije con la esperanza de oír un si.
         -Ésta es mi habitación, ¿mañana en vez de ir a la tuya quieres que vengamos a ésta?
         Que diga que si, por favor, si, di que si, por favor, di que si, que diga que si.
         -Vale, mañana después de comer iremos a la tuya, por mí encantado.
         Le sonrío. No dijo que si, pero dijo que vale, espero que sea lo mismo, vamos, supongo, porque si no es lo mismo soy un analfabeto de babosa, vale, eso no a tenido mucho sentido, hay como me enrollo.
         -Venga, es por aquí –me dice Edgar señalando el pasillo de la derecha.
         Le sigo, no para de caminar, que ansioso estoy de estar con él, a solas, juntos, a solas, que ganas.
         Por fin abre una de las habitaciones. Habitación 203. Con un gesto me da permiso para que entre y con una sonrisa me acoge en su… en su… vale, en su mierda de habitación. Es peor que la mía.
         -Siéntate.
         Le hago caso y me siento en la cama, enfrente de él.
         -Bueno, y ¿qué me tenías que contar sobre tus sentimiento? Es que yo también tengo que contrate algo muy difícil de explicar porque…
         Me interrumpe diciendo:
         -No, no es de mis sentimientos. Te lo habrán dicho mal, te iba a leer el cuento, el que te dije cuando nos conocimos, ¿recuerdas?
         -Si –digo con desilusión.
         -Bueno, pero es largo, así que empieza tú hablando, primero lo más importante.
         -No, gracias, léemelo, estoy ansioso.
         -Vale, pero a mi me da igual.
         -Lee por favor.
         Busca entre su maleta algo que está al final y saca unos cuantos folios y puedo leer en la portada: Julia.

sábado, 23 de marzo de 2013

CAPÍTULO OCTAVO, Los recuerdos de Samuel:


VIII: ¿los chicos, las chicas, o incluso los dos?

         -No le vuelvas a decir eso a Germán, te va a poner un castigo, es el más malo de el centro este –me advirtió Edgar asustado porque a él igual también le castigaban.
         -No creo eh… ni me miró… ¡Bah, si total! ¿Qué hay peor que estar en esta mierda de sitio que te tratan como a un trozo de carne?
         -Pues, por ejemplo, que te quedes sin cumpleaños.
Le miré soltando una risa y después en tono irónico le dije riéndome:
-¡Uy, uy, uy, que me quedo sin que me tiren de las orejas! Vamos a ver Edgar, voy a pasar el peor cumpleaños de mi vida, no me pueden quitar nada del cumpleaños que valla a fastidiar… ya está bastante fastidiado.
Me miró dudoso, me puso la mano en el hombro y me volvió a advertir:
-Tus padres, Samuel, igual te prohíben verlos, ¿no lo has pensado?
En ese momento me empecé a encontrar mal. Tenía razón, ¿y si me castigaban?
En ese momento alguien me cogió del hombro echándome hacia atrás. Apretándome muchísimo el hombro, me giró y pude ver que era Germán ¡me iba a castigar! O eso pensaba, pero con suerte solo me dijo,  señalándome con el dedo y a la vez sacudiéndolo:
         -Mira chaval, al parecer haces creer que no te quieres ir de aquí nunca. He oído que va a ser tu cumpleaños y con suerte vendrán tus padres. CON SUERTE –recalcó y luego siguió hablando- repito: CON SUERTE. A lo mejor hago que no vengan, así que mucho cuidado con lo que sueltas por esa boquita porque igual surge un imprevisto, provocado por mí, y no viene a verte nadie.
-Lo… lo… lo siento, no volverá a pasar, qui… qui… quiero que vengan mis padres a verme, no volverá a pasar, lo prometo, lo juro por mi… lo juro por Dios.
Me sonríe falsamente y yo, muy asustado, vuelvo a reunirme con Edgar.
-¿Qué te ha dicho? ¿Te ha castigado? –pregunta interesado y asustado.
-No, bueno, haber, me ha advertido, como has hecho tú, Edgar, me quiero ir de aquí, ya no lo soporto más.
Una lágrima brotó por mi ojo izquierdo y dos o tres más.
-No te quiero desilusionar. Pero apenas llevas dos horas, yo llevo como dos meses.
Yo, vuelvo a llorar y lágrimas se le sueltan a Edgar por esos ojos azules tan bonitos.
-Bueno, como ya te he dicho, fuera de disgustos, intentemos pasarlo lo mejor posible, anda espérame en el comedor que voy al servicio, guárdame sitio, a tu lado,  claro.
-Vale. Espera Edgar… no sé donde está el…
Bueno, nada, se fue, mierda, yo que quería esta todo el día con el y contemplar su encantadora sonrisa…
En verdad si sabía donde estaba, lo había visto al llegar a esta mierda de sitio, solo que no quería perderle de vista, no me preguntéis por qué porque ni yo se por qué (que frase más chula me ha salido)
Entre en el comedor, enano, asqueroso, repugnante, única cosa buena: las señoras del comedor te servían la comida, no tenías que estar continuamente hiendo a por ella, como en un buffet.
Busco dos sitios juntos. Búsqueda fallida, hay muchos sitios libres pero no juntos. ¡Babosas, no me podré sentar con él! Dios, que baboseada. Parece que me enamoré de Edgar (risas se me escapan al pensar el lo dicho), IMPOSIBLE… pero… bueno, no quiero explicároslo, son cosas mías. MIS cosas, ya os dije que iba a dejar de dar explicaciones, bueno, supongo que algún día lo escribiré, pero no estoy seguro, lo tengo que pensar un poco más, reflexionarlo.
Encontré un sitio libre, y al ver que Edgar entraba le vocalicé exageradamente: ‘no había dos sitios juntos, lo siento, después nos vemos’. Él, sin entenderme, se fue a sentar un poco cerca de mí y cuando pasaba le dije rápidamente:
-No había dos sitios juntos, lo siento, después nos vemos.
Puso cara de dudoso, y sin poder decirme algo se sentó porque Germán pasaba por ahí.
Vi como Edgar le decía algo al de su lado y todos se lo pasaban al oído, uno por uno, hasta que, por fin, llego el momento de poder escuchar lo que me tenía que decir Edgar. El chico que estaba a mi lado, miro hacia su alrededor, se inclinó, puso mí oreja derecha entre sus manos y, después de mirar otra vez a su alrededor, me susurró rápidamente para que no le viesen los que pasaban continuamente por delante de nosotros para asegurarse de que no hablásemos, ni otras cosas. Bueno, no me enrollo, dijo, bueno, susurró rápidamente mirando hacia sus lados continuamente:
-Que Elgar dice que no os podéis ver hasta la hora de la comida, que te guardará un sitio a su lado y luego iréis a los ordenadores, y que te tiene que decir una cosa acerca de sus sentimientos y otra cosa para tu cumpleaños.
Sonreí… y le corregí:
-Edgar, se llama Edgar.
-Bueno eso, sabelotodo.
Miré a Edgar y le sonreí. El me miró raro y siguió comiendo sin cortarse de que le estuviesen vigilando.
Desayunar con alguien que te esté mirando continuamente es agotador.
Cuando acabé de desayunar fui a mi habitación y me fijé en que había una carta encima de la mesa. ¡De Edgar! ¡Estoy seguro! Pues no, era de Eduardo, aj… ¿Qué mierda me dirá ahora? Decidiéndome por leer… la abrí y prestando cada vez más atención leí:
‘Samuel, te quería pedir disculpas, he sido demasiado bruto contigo…’
-Pues sí majo, sí –susurré con cara de enfado pero alegrado porque lo ha admitido.
Sigo leyendo con interés por oír más disculpas, me encanta que me digan un lo siento.
‘…, es mi trabajo, no podía hacer otra cosa, pero de verdad que lo siento. A partir de ahora voy a ser un poco menos bruto contigo tranquilo, bueno, en verdad ésta carta no era para pedir disculpas…’
¡Bah, pues menuda babosada! No, no, menuda MIERDA. Después de volver a enfadarme seguí leyendo cruzando los dedos para que fuera una broma lo último que me leí con atención, que no me gustó nada:
‘…, sentía que merecías unas disculpas, pero bueno, esta carta me han mandado que te la diese: haber, tienes debajo de ésta cama la maleta con toda tu ropa, te la han traído tus padres, y en tú cumpleaños, si te portas bien, vendrán a verte, dentro de tres días empiezan las actividades para no perder el curso, dentro del sobre tienes el horario de clase, serán de lunes a sábado, los sábados solo haréis papiroflexia y cosas por el estilo. Y el viernes son las terapias de psicología. Más te vale portarte bien, tu psicólogo,
Eduardo’
         ¡¿Clases?! ¡¿Terapia?! ¡¿Papiroflexia?! ¡¿Qué coño es esto, una broma?! Eso espero.
         Me pasé la mañana echado en la cama, pensado en Edgar… Varia preguntas me planteo, es que es tan, tan, tan, tan, tan guapo, pero, es que no sé, ¿me gusta? Es que… Dios, ¿no tengo ya suficientes líos como para que encima me metas a un individuo DE MI MISMO SEXO, que no sé muy bien si me gusta o es pura adolescencia? Tengo que pensarme bien quienes me atraen: ¿las chicas, los chicos? Dios que lío… es que también me pregunto si me gustan las dos  cosas. Supongo que esa pregunta me la iba a plantear tarde o temprano, pero bueno, es que ¡quiero saber ya quien me atrae para pedirle salir a Edgar o no pedirle salir! Parece mentira, media comprando el interviú a escondidas ¿y ahora me pregunto que sexo me gusta? La verdad, no me importa que me gusten los chicos, es que, no me importa lo que piense la gente. Pero, siendo sincero, cuando veo un gay por la calle o por la tele me paro a mirarlo y no puedo contener un: ¡Ag…!  Pero, yo no lo veo tan mal, bueno, un poco si, pero ¿qué más dará con quien se acueste o deje de acostar una persona?
Me quedé toda la mañana dándole vueltas sobre quien me gustaba, empecé a poner a la chica más guapa del mundo y al chico más guapo del mundo, en todos los ejemplos elegía a la chica, pero es que Edgar es diferente. Bueno, supongo que sabré todo a su tiempo, y vosotros también ¡cotillas de babosas, sigo… cotillas de mierda!

viernes, 22 de marzo de 2013

CAPÍTULO SÉPTIMO, Los recuerdos de Samuel:


VII: Edgar.

-¿A ti que te pasa? –me pregunta uno de los chicos que estaban en esa habitación tan horrorosa.
-Nada, que tengo la boca más grande…
Se ríe con los ojos como si hubiera necesitado una risa desde hacía tiempo.
-¿Por qué estás aquí? –me pregunta con ganas de saber más sobre mí para intentar reírse un rato más, aunque sean dos segundos.
-Mi padre, se murió, supongo que se me fue un poco la cabeza por haber sufrido tanto, porque, además, se enfadaron todos conmigo por una cosa que le hice a mi ex novia. No tengo amigos. Pero espero ser tú amigo, tranquilo, intentaré controlar mis nervios.
Se ríe de nuevo y vuelve a preguntar, que majo el chico este, me cae bien:
-¿Cómo te llamas?
-Samuel, ¿y tú?
-Edgar. Tengo un cuento muy bonito sobre un niño que se llama Samuel y que no tiene amigos, un día te lo enseñaré. ¿Te puedo hacer una de mis miles preguntas? Es que estoy inquietante por conocer a alguien y poder ser feliz, aunque sea un poco, quiero ser feliz, y creo que tú me puedes hacer feliz, eres muy gracioso.
Me río, el también es gracioso, pobre, debe de llevar aquí mucho tiempo.
-Si, si, claro, pregúntame lo que quieras, me interesan tus preguntas, y a mí me hace feliz que quieras saber sobre mi vida, no es que muchas personas me quieran hacer preguntas, así que, pregunta, soy todo oídos, y con mí boca, siempre, siempre, te responderé.
Intento ser amable, necesita amabilidad, pobrecito, es un gran niño, ósea, digo… es decir: una gran persona, niño supongo que no es.
-¿No te pica la curiosidad de saber por que me han encerrado en este ‘magnífico’ sitio? Por cierto, lo de magnífico es un sarcasmo, odio, rotundamente, esta porquería de lugar, haber si me voy.
-Pues, no quería ser brusco, pero desde que te he visto no he pensado en otra cosa –me río grandiosamente y prosigo-: haber, haber, que te pregunto con un poco de amabilidad: ¿Por qué coño estas aquí? ¡Responde que no tengo todo el rato!, así es como me han tratado desde que he nacido, que horror. Era broma, te formulo la pregunta de nuevo: ¿Por qué estás en este sitio?
Se ríe como nunca lo ha hecho, y le cuesta hablar de las risas que se está echando. Me alegro. Se pone serio y me dice dolorosamente:
-Pues, llevo dos años un poco, raro, sin ganas de hacer nada, sin ganas de vivir, aunque no me quiera quitar la vida, quiero vivir, y todo esto ha sido a raíz de mis problemas de alimentación. Bulimia creo que se llama. Me han llegado a quitar todos los espejos de la casa, en cada uno que me miraba empezaba a llorar.
Un escalofrío me hunde en un mar de petróleo que no me deja respirar. Me pongo rojo, e intento no llorar, y a continuación le pregunto:
-¿Has mejorado? Tranquilo, no te obligo a responder, responde si te da la gana, en serio, no tienes porque contestar si es que al fin y al cabo…
-Respondo, no me importa, tranquilo, no tienes porque darme tantas explicaciones, me gusta responder, gracias por preocuparte.
Le sonrío, de nuevo, e intento no mirarle mucho para que no note la diferencia cuando me conteste y no sentirse peor de lo que está.
-Pues, no sé si he mejorado, no lo noto, en el espejo, para mí, sigo reflejándome igual, y tengo una ansiedad increíble por comer algo. Dejemos de hablar de desgracias, estoy a punto de caer a un mar de lágrimas producidas por mí mismo. Haber, como te gusta que te pregunten, te pregunto encantado, no quiero volver a hablar de tristezas.
-Estoy de acuerdo contigo, pregunta lo que quieras, te responderé.
Mira al techo haciéndome una seña indicándome que espere y dándose por vencido me pregunta la primera cosa que se le pasó por la cabeza velozmente, aunque no sea muy buena pregunta:
-Pues… supongo que: ¿Cuántos años tienes? No se me ocurre otra cosa, lo siento, no tengo la cabeza muy bien amueblada.
Suelto una carcajada. El chico es bastante gracioso, si señor. Otra carcajada, es que, es como yo, gracioso, bueno, no quiero fradar de mis cualidades, solo las luzco y luego digo que las he lucido.
-Catorce, bueno, más bien quince, el dos de marzo cumplo quince, así que supongo que quince, bueno, catorce quince, elige tu número preferido, es que, quiero tener quince, pero en fin, vale, no, me cuesta creerlo, pero tengo catorce, si, por desgracia, catorce, es que la verdad…
-¿Tu hablas mucho, no?
-Eso me dicen.
Nos reímos los dos juntos y el me dice:
-Yo tengo trece, trece recién cumplidos, ¡anda! El dos de marzo es dentro de poco, te haré una gran fiesta, te lo prometo, lo recordaré.
Me giro, no lo había pensado, dos de marzo y es veintitrés de febrero, no, por favor, no, dios, no me hagas esta mierda, esta babosada, por favor, sácame de aquí.
-¿Te pasa algo? Tranquilo, quedan cinco minutos para que nos saquen de aquí, ya es la hora de la comida. ¡Eh! ¡Eh! ¿Qué te pasa?
-No quiero estar aquí el día de mi cumpleaños, no quiero, no quiero.
Sigo repitiendo ese ‘no quiero’ hasta que por fin paro para llorar, lágrimas me caen. Edgar me abraza mientras yo intento contener otra lágrima, pero no puedo, las suelto a más no poder, no me puede estar pasando todo esto a mí, no puede ser, no, mierda.
-Tranquilo, tranquilo. Lo pasarás conmigo, lo pasaremos bien, en enero fue el mío, y lo celebramos todos, vino mi familia y todo el mundo, me lo pasé bien, tranquilo, no llores, ya basta, ya. No llores más.
Me limpia unas cuantas lágrimas, me levanta la cabeza y me sonríe volviéndome a abrazar, pero no sirve de mucho, estoy triste, no lo puedo evitar.
Alguien abre la puerta, un señor calvo, con barriga cervecera y con una seriedad tremenda dice gritando a más no poder:
-¡A desayunar!
Salimos todos de la habitación incluidos Edgar y yo que al ver el señor calvo que estábamos abrazados dice:
-Aquí maricones no los queremos ¿Entendido?
-¿Y gordos y calvos si los queréis, o qué?
Nos echamos unas risas y el hace como que no lo ha oído, pero si lo ha oído.

jueves, 21 de marzo de 2013

Encuesta 'Los recuerdos de Samuel':

¡Hola! Hace unos días he aprendido a hacer encuestas, y en el blog oficial de 'Los recuerdos de Samuel' he hecho la primera, la pregunta es ¿Os gustó la imagen oficial de Los recuerdos de Samuel? Por favor, visitar el blog, y votar, es fácil, solo es pulsar un botón. Haz click aquí y vota en la encuesta de este blog.
¡GRACIAS!

CAPÍTULO SEXTO, Los recuerdos de Samuel:


VI: mi nueva habitación, mi nuevo mundo.

Entro en la habitación ¿pero qué es esto? No me lo puedo creer.
La cama es similar a la del hospital. La ventana es diminuta, tal y como me imaginaba la de una cárcel, no hay armario, no hay casi nada, la tele es vieja y aparenta no verse nada, no hay teléfono, es que, ni siquiera sé lo que hay, es diminuta, apenas entro por la puerta, es triste, huele mal, todo es una mierda, una auténtica PUTA mierda, si, ahora digo muchos tacos, no veis, estoy en un PUTO manicomnio.
Bueno, pero me tengo que ir acostumbrando porque antes tenía un mundo, un mundo en el que me podía encerrar y reflexionar y pensar, hacer lo que me diese la gana. Pensar. Creer. Amar. Divertirme. Leer. Estudiar. Conocer. Vivir. Podía hacer miles de cosas, era mi mundo, un mundo en el que, en ocasiones, solo existía yo, ese mundo, era mi habitación y, me cuesta creerlo, pero ahora ese sitio, ese único sitio, era este. Mi nuevo mundo, ahora no tendré otro sitio donde esconderme, donde llorar, donde creer, pensar, amar, divertirme, leer, estudiar, conocer, un mundo donde vivir, porque ahora solo me queda esto, una pena, una grandísima pena, que putada.
Mi nuevo habitación, mi nuevo mundo, vamos, supongo, aquí lloraré, pensaré etc. Durante los próximos días, o, duele pero es verdad, durante los próximos segundos, minutos, horas, días, meses, o incluso años, ¡OH, SEÑOR, dame paciencia, porque como me des fuerzas le voy a pegar una ostia a alguien, al primero que me encuentre! Si, tengo un gran sentido del humor, lo reconozco. Por favor, por favor, no aplaudáis. En momentos como estos lo único que me queda, dejando de lado la tristeza, es el humor.
Me tumbo en la cama, la cual da pena y dolor, y empiezo a pensar, que rollo, pensar, que pereza, bueno, como, supongo, que habéis llegado a la conclusión de que soy un vago, si.
Mi mundo se ha ido al… bueno a alguna parte, me quiero ir de aquí, y pensar que no llevo ni diez minutos. Me tratan como a un trozo de carne.
¡Anda mira, el botón rojo!, tengo hambre ¿lo toco? No, no se me apetece aguantar a Eduardo y Leonardo o el tío este que parece el doctor HOUSE, pero bueno, aquí estoy, voy a darles un poco la tabarra.
Toco el botón rojo y una sirena como la de una ambulancia suena diciendo: ‘habitación 307’. A los tres o cuatro minutos después, el tal Leo… Eduar… bueno, ese, entra por la puerta desconcertado y me pregunta muy asustado con la cara totalmente sudada (ósea, digo… es decir: asquerosa, es que no quiero ser muy PIJO, ODIO A LOS PIJOS, es que no los soporto) bueno no me enrollo, me dijo con la misma cara de gilipollas de siempre:
-¿Te encuentras bien, necesitas a un médico? Si quiere le puedo traer a alguien para que le atienda como dios manda, haber, cuénteme ¿qué le pasa? ¿Es grave? ¿Está en un estado de shock y por eso no habla? ¡Por favor, responda, me estoy empezando a poner muy nervioso! ¡Diga algo, aunque sea una tontería! ¿Pero que le pasa?, si, si, esta en un estado de shock, haber ahora traigo al especialista que le hará volver a la realidad, espere aquí por favor, no se mueva, y intente mover los labios –saliendo por la puerta dice totalmente asustadísimo -: si, si, es que, está en un estado de shock, como no me lo podía haber imaginado, estado de shock, si seguro que es eso, espero que no me despidan, ¡Ay! ¿Cómo no pude estar más atento? Si es que… estos no son modos de trabajar, Jesús, ¿A quién maté yo en la otra vida? Desde luego, es que se suponía, estado de shock, estado de shock.
Ahora si que estoy en estado de shock, por dios, solo quería comer algo, pero bueno, ¿ahora que digo cuando venga el señor este?, ¡PERO QUE EXAGERADO!
-¡Eh! ¡Eh! No me pasa nada.
¡Caracoles! (intento mejorar mi karma, no soy tan pardillo para decir eso), por dios, babosas, babosas, ahora voy a decir babosas cuando quiera decir mierda, y cuando quiera decir me cago en la puta digo me cago en la que traba de bombera un tanto picarona.
¡Babosas, babosas! Está entrando por la puerta.
El señor que acompaña al señor que no me acuerdo como se llama se sienta en la cama apartándome un poco los pies para no hacerme mucho daño y dice:
-Haber, cuente hasta tres y dígame: ¿por qué ha tocado usted el botón que se encuentra en su mesita que es de un color rojo?
¡Que fino! Bueno, le haré caso, haber, empecemos, cuanto antes lo diga antes pasará todo y antes me reñirán, esto parece la casa del terror, PUTO manicomnio, dios, que horror, bueno allá voy. Cruzo los brazos le miro fijamente y le digo suave y con calma desquiciadora:
-Uno, dos, tres, pues, tenía hambre, y quería picar algo, no era para que se pusiese así Leonardo o Eduardo, bueno, el señor este un poco rarito que parece de Doctor HOUSE –una risilla se me escapa al finalizar la espantosa frase que tanto me costaba decir, pero ya la he dicho.
-Me llamo Eduardo. Lucrecia…
No le dejo terminar al reírme de ese nombre tan espantoso, por favor, ¿en qué estarían pensando sus padres? Que HORROR más grande.
-¡¿De qué se esta riendo?!
-Pues si te digo la verdad, de tu nombre.
Eduardo me coge del brazo y me saca fuera de la habitación metiéndome en una habitación sin nada, un par de niños, pero nada más.
-Te quedarás ahí hasta que sepas comportarte.
Me parece que me voy a quedar aquí hasta el final de mis días, ay, ay, ay…